lunes, 5 de agosto de 2013

EL COLLAR VERDE

Aquella otra personalidad iba a acabar con él. Era un hombre frío, descuidado, no le importaba ningún detalle, simplemente hacía lo que le parecía en el momento en que le parecía. ¿Una mujer intentaba hablarle en alguna conferencia? “¿Por qué no cierra el pico? ¿Es tan complicado?”. Era frío. Aquella palabra es muy utilizada para describir a mucha gente, pero con él si que era cierto. Frío. Sus palabras calaban los huesos y derretían el alma. Hacía que se sintiera uno muerto
La mujer estalló en llanto y salió corriendo por el corredor gritando “No me hable! No me hable!” “Pensé que eso era lo que quería hacía más de media hora”. Suspiró el viejo.
Y se dedicaba a eso, a trabajar con lo más frío que existe, los metales. Los moldeaba, los tallaba, allí si que era todo lo que no era en los demás aspectos de la vida. Le dedicaba mil horas a un solo detalle que el ojo humano apenas podría percibir. Tardaba meses enteros en aquellas bolitas que alguna mujer apenas iba a notar en el respaldo de un carísimo collar.
Cuando se encerraba en su estudio se hacía más huraño, más grosero, se notaba incluso en su modo de caminar, descuidado como si ni si quiera le importara dónde iba. Tropezaba a menudo con las cosas que caían al piso con gran estruendo, incluso haciéndole daño y parecía que no fuera con él. En fin, el mundo no le importaba.
Su esposa tampoco, sus hijos estaban ya mayorcitos y aunque cuando empezó el cambio se preocuparon, terminaron por dejar el tema a un lado. De un momento a otro la familia era reconocida, eran multimillonarios, todo gracias al trabajo de su padre. Ya no vivían con él así que no tenían que aguantar su extraña nueva personalidad. Aquella “otra personalidad” de la que tanto hablaba su esposa. Esa era su teoría, quizás para hacer que los días fueran minimamente soportables. Y además tenía sentido.
Aquel hombre cálido y amable que alguna vez existió desapareció cuando empezó a hacer el primer collar “especial”. Una obra de arte completa, en la que tardó mucho tiempo. Todos notaron el cambio inmediatamente pero pensaron que era debido al estrés que le producían tantas deudas económicas. El collar se vendió en un tiempo récord y exactamente un día después empezó la “Fiebre por el metal cálido”. Lo especial que tenía aquel collar, esa, su primera obra de arte era que despedía calor propio. Fascinadas, todas las mujeres querían tener aquello, incluso sentían ansias por conocer a su creador. Varios asesores y hombres de negocios vieron allí la gallina de los huevos de oro. Ocultaban al verdadero creador y lo suplantaban por un hombre joven y apuesto al que las señoritas podían conocer por un “módico” precio, de allí un porcentaje iba para el creador de collares y su familia con tal de que permaneciera con el pico cerrado. A la primera mujer que compró su obra de arte le dieron una escandalosa suma de dinero para que también mantuviera el pico cerrado. Fue ella la que persiguió al talentoso joyero por cielo y tierra hasta dar con él, para luego arrepentirse en el acto. Una sola palabra hacía ella y el calor que emanaba su lujoso collar desapareció al instante. “¡No me hable, no me hable!” Era insoportable no sentir aquella presencia a la que tanto se había acostumbrado.
Algún día su esposa se lo dijo “Esta otra personalidad te va a matar, estás dejando que tu ser se entierre atrapado en unas joyas que lo único que nos han dado ha sido dinero, pero nada de felicidad” él la miró con franqueza y en el acto más cálido que había tenido en muchísimo tiempo le pidió “Solo haré una joya más, solo una más y todo esto habrá terminado”.
Empezó a trabajar el doble del tiempo de lo normal, había hecho cuantiosas inversiones con las cuales podía vivir sin entregar más encargos, además todo el mundo estaba ansioso por ver su nuevo y último trabajo. Pero tuvieron que esperar un año, dos años...
La esposa algún día no lo soportó más, el ambiente en la casa era frío, completamente frío. Hacía tiempos que no dormían juntos, el frío que despedía el hombre era tal que había estado a punto de sufrir hipotermia por solo pasar una noche junto a él en la cama. La esperanza se le derretía y los celos la empezaron a consumir. Cada una de aquellas mujeres que tenía una joya de él tenían una parte de su antiguo esposo y ella tenía solo el dinero que él producía, nada más. Le anunció que se iba mientras estaba en el estudio, él ni se inmutó, no le pidió nada, no le dijo nada, ni la miró. Nada. Su mirada clavada en su última obra de arte.
Pasó solo un año antes de que encontraran el cuerpo de la mujer abandonado en un edificio horripilante en el peor sector de la ciudad. El teléfono sonó en la casa y el hombre fue a contestar “Su esposa ha muerto, señor....” “Lo único que pido es que no la cremen, ella no quería eso, denle santa sepultura y por favor, no dejen que su cuerpo se pudra antes de que pueda ir a verla, en tres días” “Señor, lo que usted pide es...”Colgó el teléfono, una sonrisa se dibujó en su rostro “Al fin voy a acabar con esta, mi última obra de arte”.
Tres noches después salió de su oscuro y frío refugio, hacía mucho no lo hacía así que al principió se desconcertó. Tenía claro en qué cementerio se encontraba enterrada su mujer así que se dirigió hasta allí. Al fin llegó, tomando pocas precauciones empezó a desenterrar, llegó al ataúd después de varias horas en las que con la misma paciencia que tenía para trabajar el metal había cavado. Lo abrió de un solo golpe. El cuerpo estaba repleto de gusanos, pero eso no era problema. Sacó el collar, un collar con diamante verde que hubiera hecho perder la cabeza a la mujer más exigente o a la que menos le importase, un collar con vida propia, con luz propia, con calor propio.

Los dos salieron del cementerio por la puerta principal, ante la atónita mirada del portero, tomados de la mano, con una sonrisa que hacía años ninguno de los dos tenía y con aquella, su última obra de arte, reposando en el pecho frío de su esposa muerta.  

domingo, 30 de junio de 2013

ESCAPAR CONTIGO

Miro hasta el fondo
Y me pregunto por qué,
Y no la encuentro,
La razón que tu no ves.

Escúchate,
Aquella sonrisa que no es,
Siénteme,
Tan cerca que olvides las dudas de ayer.

Quiero escapar contigo,
Quiero olvidar el frío,
Y lucharé por esto
No importa si no comprendo.

Aquellos monstruos en la oscuridad,
Ilusiones, fantasmas me quieren atormentar,
 Solo hace falta encender la luz
Y alzarnos fuerte hasta el sol.

Quiero escapar contigo,
Quiero olvidar el frío,
Y juntos nos alzaremos,
Los miedos en verdad son chicos.

Miro hacía adentro
Y hay algo claro,
Y lo siento fuerte,
Este amor que nunca muere.

Me pregunto quien es
El enemigo que debo enfrentar,
Pero sé que no importa,
Mientras la voluntad sigue en pie.

Quiero escapar contigo,
Donde no haya frio.

jueves, 20 de junio de 2013

TEN CUIDADO DE MI

Ten cuidado de mí,
Pues soy un gran actor
De esos que miran al infinito,
Y en el fondo una sonrisa atroz.

Confundo los grises
Con un “no me mires”,
Y mientras abrazo,
Un beso a escondidas disparo.

En una situación soy uno,
Y tengo la facultad de sentir,
Al girar he cambiado

Y la sonrisa llega a su fin. 

viernes, 14 de junio de 2013

EL UMBRAL

No es la primera vez que llego hasta el umbral. Un cosquilleo en el hombro, miro atrás. El pasado, aquel extraño compañero. Un amigo imaginario que no deja de atormentarme, sí, todos tenemos mucho de esquizofrénicos.  ¿Acaso el pasado existe?, Si ya se fue, si ya no está, ¿Acaso alguna vez estuvo? Una distorsión cerebral, no hay más. Miro atrás.
Luego llega la razón. Me acerqué hasta esta puerta, es cierto ¿Por qué? ¿Acaso llegué y miré atrás y por eso me detuve en el umbral? No, al contrario. Llegué mirando atrás y solo en el umbral me detuve a contemplarla. Sus extrañas bisagras, sus formas circulares. Es extraño como esta puerta me muestra cosas que nunca vi cuando alguna vez estuve en el interior. ¿La fachada me debería importar?
Pero la puerta no es lo que me detiene, tal vez alguna vez lo hizo, no hace mucho. Bueno, no hace mucho que pasó todo lo que generó este embrollo. Ahora no, la puerta no me detiene. Sería ridículo, infantil, ¿Acaso no conocí más y mejor cuando estuve en el interior? ¿Qué importa el color de la puerta si dentro el ambiente es agradable? No, no, la puerta no me detiene en el umbral. Lo que me detiene es mirar al interior, mirar otra vez. Es el futuro, nuestro otro amigo imaginario. Allí parado, sonriendo. Me encantaría entrar.
¿Entonces, por qué no lo hago? Tiene dos caras. Una promesa, una sonrisa. 
Una promesa hija del pasado, una sonrisa provocadora pero utópica. A lo mejor y nunca será, a lo mejor y se quede en el mundo del jamás. El pasado me ata y la sonrisa me incita. Pero piénsalo dos veces. ¿Acaso tanto dulce es bueno? ¿Acaso puedo mantener el control?
Si no estoy dispuesto a todo, mejor no me acerco demasiado. Eso pienso. Las piernas flaquean, respiro, suspiro. Escribo. Doy media vuelta, un paso atrás. Nunca hago prisioneros, por eso digo adiós a los que se van. Que extrañas lealtades con las que estoy compartiendo intimidades.  No traspaso el umbral, pero dejo mi marca en la puerta que no quise atravesar.



miércoles, 12 de junio de 2013

MIRANDO EL CIELO

De manera silenciosa,
Ocurren las grandes coincidencias,
Aquellas que no existen, aquellas en las que no creo.

La complicidad del silencio,
Mientras ambos miramos el cielo,
Una sonrisa y los alientos se enlazan.

Lo que llega sin buscarse,
Sorprende lo que encontraste.

Y el tiempo pasará y algún día quizás
La luna nos muestre el camino para volvernos a encontrar.
Y el tiempo pasará y el viento soplará,
Trayendo las brumas que separen los hilos de nuestros destinos.
Quien lo podría decir, yo solo digo que ruede la fortuna.

Hay magia en el jamás,
Hay magia en el quizás,
Hay magia en tu mirada,
En el calor de tu cuerpo al pasar.

Y me río en silencio
Y miro el cielo,
Y me pregunto
Si en dónde estés mi recuerdo te inunda,
Te ronda, te persigue
O si simplemente lo devolviste al mar.

Y miro el cielo, el mismo bajo el que tu estás.
Y me río en silencio de la magia del jamás
Que sueña en el quizás.


lunes, 27 de mayo de 2013

PODRIDA RELIGIÓN

Las manos tendidas al cielo,
Rogando por clemencia,
En toda la ciudad,
En cualquier garaje encontrarás,
Las mentiras de ladrones,
Disfrazados de benefactores.

Doña Ester que nada tiene,
Fijo cada mes está,
Entregando su pensión
A las mentiras de un pastor.

Por unas moneditas,
Se consigue salvación,
Pero cheques siempre llegan,
A lo mejor  les va mejor.

De la Gran Ramera,
Cuantas hijas han nacido,
Aprendiendo sus discursos,
Para llegar a los bolsillos.

Hace cuanto resonaban
Enseñanzas de un hombre,
Que gritaba a los vientos:
El mercado no es templo,
Hoy su imagen se enaltece
Su pensamiento yace enterrado,
Entre el oro que han dejado,
Las guerras que tantas veces han creado.

Vende todo lo que tienes,
Dáselo a los pobres,
Ven, ven y sígueme,
Decía su señor,
Vende todo lo que tienes,
Entrégamelo, soy el que necesita,
Y a los pobres, sácales de mi mansión
Dicen ellos hoy.

Que gran negocio,
Jugar con los sentimientos,
De un pueblo que necesita amor,
Respeta las creencias,
Escucha lo que digan,
Pero sal a las carreras,
Si van detrás de tu cartera.

Porque no, no hay mejor negocio que la podrida religión,
Por unas moneditas ellos venden salvación,
Pero siempre llegan cheques,
Será que así les recibirán mejor,
Estafa que promete,
Primera clase en lujosa habitación
De la que nadie jamás regresó. 

jueves, 2 de mayo de 2013

ANTE LA MUERTE PRIMERO


Sus venenos ya corrieron,
Dejando sus cadáveres en el suelo,
En medio de sus lágrimas,
Lo más preciado entregaron.

Ahogados en su tierra,
Ahogados en el agua,
Solo en el más allá se oyen
Los gritos de dolor
Victimas de su condición,
No permitieron su perdición. 

Que mi sangre se arrodille,
Ante la muerte primero,
Que su majestad encadene
Lo que la muerte ya no devuelve,
Y si mis cadenas no puedo romper,
Las de mi hijo no crearé. 

O mujer, digna negra y esclava, 
Entregaste a tus hijos a la oscura melodía,
Para así liberarlos de la luz de tus días, 
O mujer, digna negra y esclava, 
Tantos hijos que se te fueron, 
La esclavitud nunca es vida.  



lunes, 22 de abril de 2013

LA FLOR EN LA PIEDRA DE LA MONTAÑA


Después de la larga jornada siempre se encontraban. Cada uno se desocupaba de sus respectivos oficios e inmediatamente como llamados con urgencia por una voz que solo ellos oían, se dirigían con pasos torpes y apresurados hacia su lugar de encuentro. Siempre en aquella colina donde nadie los molestaría. Allí había una piedra gigante que en el borde parecía tener talladas dos sillas. Allí se sentaban siempre y después de un saludo más concentrado en sus ojos que en sus labios, se disponían a mirar el atardecer.

Se habían conocido allí tiempo atrás. Los dos tenían aquel lugar como refugio para cuando las cosas iban mal. Y en algún punto de sus vidas, todo fue mal, para ambos. Ella intentaba distraerse mientras se empeñaba con ardua labor a la jardinería en la casa de su tía. Él desahogaba sus penas golpeando los criminales, o supuestos criminales, que atrapaba día a día en aquel trabajo de policía que nunca había deseado.

Después de una larga enfermedad la madre de ella murió, dándole rienda suelta al dolor contenido que había sufrido durante todas aquellas eternas semanas en las que la incertidumbre era el único sentimiento que albergaba su corazón. Ahora ella había muerto, ahora ya podía su corazón llorar. Y por tanto visitó a altas horas de la noche aquella piedra en la que le gustaba perderse. Sabia de antemano que era peligroso para una joven caminar a esas horas de la noche por una colina poco o nada transitada, pero aquello no le importaba en lo más mínimo en ese momento. En cualquier caso la vida le había enseñado a los golpes a defenderse por sí misma.

Él, luego de aquella fatídica noche en la cuál se había salido de los cabales y había asesinado a dos hombres, una mujer y un bebé había buscado una escapatoria, había querido huir de la responsabilidad. Sabía que habían sido cómplices todos los del batallón. Siempre le achacaba la culpa a los demás, habían sido ellos y su ineptitud la que lo habían llevado a tomar aquella drástica decisión. Todos eran una partida de cobardes que no eran capaces de afrontar la responsabilidad de sus actos y la habían descargado en él y su sabida locura. “El pobre de Hernandez y sus ataques de locura violenta...”. Aquello era lo que se rumoreaba entre las frías celdas que todos los días tenían que vigilar. Después de aquel incidente Hernandez fue otro, le había tomado una repulsión a la violencia que ninguno creyó posible, definitivamente le había tocado hondo asesinar a esas desconocidas y repugnantes personas, pensaban todos. La verdad era que solo había una razón para aquel cambio en el sádico policía. El remordimiento no es el que acaba con las malas conductas y menos si estas están inspiradas en un profundo odio, el amor... La respuesta estaba en aquella colina que todos evitaban por considerarla mitad sagrada mitad maldita. En los ojos que veían las estrellas aquella noche, en las lágrimas que no dejaban de salir de ellos.

Era mucho lo que se hablaba de La Colina Oscura en todo el pueblo. Decían que allí los indios subían a rendir tributo a sus falsas deidades y hacían una gran cantidad de sangrientos rituales., indios, como los que él había matado. La gente no se acercaba al sitio pues creían que los demonios que los indios creían dioses aún habitaban allí y podían hacerles daño o enfermarlos. Por otro lado, alguna vez una vieja loca había dicho ver a la virgen sentada en la gran piedra. Algunos pocos le creyeron aún sabiendo que desde abajo no se veía dicha piedra, por tanto otro tanto creía que la piedra era sagrada por la aparición de la santísima, por esto mismo no se acercaban tampoco. Otros ni creían lo uno, ni creían lo otro, ni sabían si en verdad allí arriba había una piedra gigante con orificios profundos en su lomo, pero no pretendían perder el tiempo en subir a aquella colina. En últimas nadie subía a la colina, solo unos cuantos valentones que apostaban borrachos con sus amigos, y aquellos eran pocos, además nunca alcanzaban la cima, ya fuera por el miedo, la borrachera o por devolver la broma, solían bajar con cara de aterrados diciendo que habían visto algún demonio que casi los come vivos.

Hernandez no era originario de aquel horrible pueblo, aunque hubiese vivido allí por muchos años, así que nunca tuvo el temor que todos los demás habitantes tenían por la tonta colina. Había subido allí algunas veces, cuando quería despejarse. Solo él y su botella de anís. Aquella bebida lo hacía recordar su tierra natal, tan lejana ahora. Pero esta vez fue diferente, por la premura de huir lejos de aquellas miradas horrorizadas de sus compañeros y de aquellos cuerpos morenos inertes y sin vida, no había ido hasta donde guardaba el alcohol y había subido directo a la montaña. Subía temblando, trabajosamente pues para añadir dificultad la lluvia había convertido el camino en un barrial difícil de sortear. En muchos momentos tuvo que subir apoyado en cuatro.

Por su parte a Rosa, como todos la llamaban sin saber su verdadero nombre, siempre le habían preocupado más sus flores que lo que todo el mundo andaba diciendo. Por otro lado su abuela cuando era muy pequeña le había dicho en secreto la verdad sobre aquella Colina, que no estaba maldita, que no había nada que temer y que en alguna época habían expandido mil rumores acerca de ella pues en la gran piedra, oculto entre sus agujeros había oro por montones, así que no convenía que cualquiera subiera a adueñarse de la riqueza que querían unos cuantos. Unos cuantos, por cierto, que ya ni siquiera se encontraban en el pueblo, sino muy lejos, a lo mejor, al otro lado del mar.

Así que cuando su madre cayó enferma Rosa subió por primera vez a la Colina, intentando que nadie la viera. Allí llegó y le pidió a los dioses de su abuela que curaran a su madre, que le devolvieran la vida. No hubo más respuesta que el sonido amenazador del viento y la caída lenta pero constante del sol. Sin saber por qué aquello la llenaba de paz, aunque esta durara hasta que bajara de la colina oculta por las sombras, lo había seguido repitiendo a menudo.

Mientras Hernandez subía resbalaba a menudo, estaba temblando por la conmoción y no había luz que guiara sus pasos. Estaba pensando en que lo mejor sería volver y esconderse en otro lugar donde nadie le molestara... cuando la escuchó. Escuchó unos sollozos más arriba. Por un momento estuvo a punto de tumbarse pendiente abajo. Empezó a temblar con más violencia y esta vez era por el miedo... Extrañó con fuerza su botella de anís, pues esta era la que le daba valentía cuando una parte de su ser se estremecía de pensar en que los rumores podían ser ciertos. Resbaló profiriendo una maldición.

-¿Quien anda ahí?- Era una voz dulce repleta de amargura. Era la voz de una mujer, y de una mujer joven definitivamente. Hernandez recobró la compostura y recuperó rápidamente al cordura. No habia allí ningún demonio, sino una mujer que utilizaba su mismo escondite. Armado de valor por saber que se trataba de una mujer y por tanto de alguien que no podía hacerle daño respondió: - Soy policía. ¿Qué puede estar haciendo una mujer sola a esta hora de la noche en la Colina Maldita?.
A Rosa nada le importaba ya, estaba desconsolada así que respondió:
-Llorando la muerte de su madre.
Un pesado silencio se puso entre los dos, mientras el policía acortaba la distancia que los separaba con esfuerzo.
-Lo siento- Fue lo único que pudo decir. Y en verdad no lo sentía, había visto a muchas personas morir, incluso bajo sus manos como para que la muerte de la madre de una cualquiera desconocida lo acongojara en lo más mínimo.
-¿Y qué haces tu aquí? - Le sorprendió la pregunta, por lo osada.
-No te tengo que dar explicaciones, me gusta aquí, no me da miedo. - Respondió con cierta sequedad.
Mientras terminaba de hablar logro alcanzar la cima de la Colina y se detuvo a mirar a la joven. Estaba de espaldas y tenía el cabello negro y liso hasta más abajo de la mitad de la espalda, casi rosandole la cadera, era baja de estatura y parecía tener una pequeña joroba que la hacía ver más diminuta. Tenía un vestido blanco que reflejaba la poca luz que había en el ambiente reflejado una tímida luna menguante y un cielo con pocas estrellas por la nubosidad. Su cuerpo se convulsionaba un poco dejando adivinar sus sollozos y se disponía a subir por aquella piedra gigante. Él no la detuvo y no dijo nada más, se quedó observándola maravillado sin saber muy bien por qué. Vio como subía con agilidad, a pesar de la superficie mojada y la ropa poco propicia que llevaba. En menos de un minuto ya se encontraba en la cima, desde abajo solo veía la sombra de su silueta, pero adivinó que lo miraba desde arriba como esperando que subiera o se marchara definitivamente. Después de pensarlo un poco decidió que la presencia de una mujer no iba a impedir que subiera a la piedra, esta ejercía cierta atracción sobre él y le daba un momento de paz y aquella noche la necesitaba con desesperación.

Ella le esperó arriba y dejó que subiera, tomó su puesto usual en silencio mientras él se sentaba a su lado donde también había unos orificios que daban la forma perfecta para sentarse. Los dos en silencio lloraron sus penas. Cunado parecía que no les quedaban más lágrimas ni sollozos se detuvieron. Entonces fueron conscientes de la presencia del otro. Ella pensó en preguntarle por qué lloraba pero cuando volvió la vista hacia el como atraídos por un imán se abrazaron. Se abrazaron y volvieron a llorar, amargamente pero esta ves pensando y sintiendo solo la presencia del otro. Al final todo terminó en un sentimiento de paz para los dos, mucho más grande que el que habían sentido jamás desde que subían a aquella piedra. Por la mente de Hernandez en otra situación habrían pasado ciertos pensamientos eróticos, o al menos hubiese intentado contemplar mejor el cuerpo y el rostro de su desconocida acompañante, pero por el contrario se limitó a buscar su mano besarle y agradecerle por su simple existencia, llorar en su hombro un poco más y preguntarle el nombre. Ella lo pensó dos veces empezó a decir algo, pero luego calló y dijo simplemente: “Rosa”.

Se despidieron sin palabras, cogidos de la mano bajaron la piedra y la colina. Se miraron simplemente con intensidad, dieron media vuelta y corrieron envueltos en sombras deseando que nadie los hubiera visto.

El día siguiente ambos creyeron haber presenciado una extraña pero hermosa alucinación en la colina. Hernandez fue a las celdas a hacer su turno desde seis de la mañana hasta las cinco de la tarde. Luego volvería a las ocho y hasta la una tendría el revelo. Rosa, por su parte se vio obligada a hacer los preparativos para el velorio y entierro de su madre. Los dos no veían la hora de poder desocuparse para volver a la Colina y buscar a su acompañante de la noche anterior.

La hora pactada en silencio llegó. Los dos subieron y allí se encontraron. El sentimiento de los dos al verse fue tan natural como si se hubiesen puesto una cita. Se miraron intensamente y con un amor inexplicable por lo rápido y lo grande de por medio. Subieron la piedra y luego de contemplarse largamente ellos, dirigieron la mirada al sol mirando el atardecer.

Con pocas palabras, así fue la relación que empezaron desde entonces. Aún así eran el escape de sus largas jornadas de trabajo, en las cuales los perseguían sus fantasmas. A Hernandez el de los asesinatos, a Rosa el recuerdo que nunca desaparecía de su madre.

Su relación se consumó tan rápido como prende un fósforo. Tan rápido como se tomaron cariño, se quisieron luego. Tan rápido se amaron como se dieron los primeros besos. Y con esa misma vertiginosa rapidez llegó el sexo. No se preguntaron nunca muchas cosas el uno al otro, simplemente se veían allí, todos los días antes del atardecer para volver rodeados de sombras, con un sentimiento de alegría inexplicable en el corazón.

Todo parecía ir propiciamente pero poco a poco, en el corazón de Rosa el amor empezaba a marchitarse. Tan rápido como había florecido en su interior, parecía que algo la estaba acabando. Todos los días eran iguales y la jornada para ella no era ya el trabajo en el jardín, era ahora ver al Policía que llamaba Juan. Por eso, una tarde no fue a su encuentro.

Solitario, hasta pasada la noche se quedó Hernandez esperando a su amada que no llegó. Aunque se preocupó e intuyo algo, siguió aplicando la norma que tan bien había funcionado en su relación: más miradas y menos palabras.

Sin embargo, la próxima vez que se vieron le pidió una explicación a Rosa. Ella le eludió diciendo que había tenido responsabilidades que atender. Pero allí fue el punto de inflexión. Ahora en su relación las miradas no reinaban, lo hacían las palabras, los besos y los abrazos en los cuales se sumergían con insospechada pasión rara vez aparecían. Las sonrisas eran opacas, las risas llegaban ahogadas y las antiguas carcajadas espontáneas en medio de sus juegos amorosos ya nunca llegaban. Un día el sexo no fue consuelo, un día fue solo eso, sexo. Aquel día Rosa lo comprendió y decidió que al siguiente hablaría con él. El joven también lo sintió y después de bajar y tomar un desvío para engañar a Rosa decidió seguirla. Descubrió por primera vez en dónde vivía. Supo que era mestiza, y a lo mejor era hija en primera o segunda generación del error de algún criollo que había dejado embarazada a una india. Su sangre hirvió. Se devolvió al lugar de encuentro y allí guardó su revolver de dotación, cargado con una única bala.

Rosa, mientras tanto hacía mucho que sabía quien y qué había hecho Hernandez, en un principio no le importó pero notaba cómo su estado de animo desde entonces había cambiado. Lo había descubierto gracias a su tía. Ella le había contado sobre unos indios vecinos de ella que habían muerto a manos de un batallón luego de ser apresados. No había necesitado saber más, sabía que Juan era policía pues él mismo se lo había dicho antes si quiera de verla y sin que nada se lo dijera tuvo la certeza de quien había sido el que había disparado el gatillo que había cegado aquellas vidas. Tal vez se equivocara, pero su abuela le había enseñado desde pequeña a confiar en su intuición. Se alegró de no haberle dicho nunca su verdadero nombre y de haber utilizado el que le habían conferido por la labor que realizaba, para ganar cierta respeto en la sociedad en que vivía. Su fisionomía le ayudaba, había heredado más rasgos de su abuelo que de su abuela, así que pasaba muchas veces desapercibida su ascendencia indígena. Pero algo ya se había roto en su relación, así que tomó una de sus flores favoritas, de cuyo nombre a nuestros días no han llegado más que susurros y mitos difusos. Y la guardó entre su vestido antes de subir a la montaña donde todos los días se daban cita. Llegó allí y luego de un saludo inusitadamente corto y de subir a la piedra sin más preámbulos dijo:
-Ay es la monotonía lo que ha matado esta relación. Es la costumbre, la maldita costumbre la que ha marchitado mis sentimientos en mi corazón. Y tu pasado, tu oscuro pasado.
-¿Eso crees?- Preguntó él con calma.
-Sí, eso creo, de eso estoy segura hoy. Me duele mucho hacer esto pero creo que será la ultima vez que nos veamos.
-Más oscuro es tu pasado. - Dijo él simplemente.
Rosa sintió un escalofrío pues sus palabras dejaban entrever un odio profundo, o al menos una repugnancia infinita.
-Dame entonces, un último abrazo. - Dijo él sintiendo que aquella locura tan propia se apoderaba de él y tomando lentamente el revolver que había ocultado muy cerca de él al alcance de su mano.
Ella se puso de pie dispuesta a abrazarlo, mientras la flor se deslizaba lentamente por su vestido hasta alcanzar su mano. La tomó con cuidado pues aquel tallo tenía un filo más peligroso que cualquier arma corto punzante conocida por el hombre blanco. Le extendió los brazos mientras él se acercaba a ella.
-Antes quiero que conozcas mi nombre. - Dijo Rosa - Uba Hyeqa Gua. Flor, Piedra, Montaña. Soy la flor que crece en la piedra de la montaña, nací acá y acá he de morir, por eso no te temo, por eso me gusta aquí.
Él tembló de miedo en sus brazos sintiendo su calor por última vez. Una sola bala la besó por la espalda, le atravesó el corazón a ella y luego a él. Mientras en su espalda aquella flor se enterraba y daba paso a la consumación de la inmortalidad de Uba, la flor que crece en la piedra de la montaña allí permanece, creciendo entre dos piedras pequeñas puestas sobre el lomo de una piedra más grande, como si fuesen dos guardianes, entrecruzadas dándose un eterno abrazo, repleto de amor y odio por igual.  

martes, 2 de abril de 2013

PREGUNTO


Me pregunto cuando miro al cielo
Si hay algún lugar donde lo bello aún viva,
Donde la inteligencia no consista en destruirle.

En medio del frío y del gris,
En medio de la nube de humo,
Grito al cielo preguntando si hay otro lugar,
Donde la magia pueda tranquila pasear.

Será que en algún lugar, más allá de la luz,
Más allá de la imaginación y de las letras,
Habrá un mundo donde el verde pueda existir.
Donde el cielo sea azul,
Donde pueda muy alto subir sin necesidad de moverme un poco,
Tocar las estrellas, sentir su inmensidad.

En algún mundo podría en la montaña cantar y sonreír ante un amanecer desde la ciudad.

lunes, 4 de marzo de 2013

Y LA INDIFERENCIA


La mirada de los demonios
Que rien en silencio.
Los ángeles desde el infierno
me miran con detenimiento.

Atrapado,
Entre sus mentiras y mis culpas,
Consagrado,
A luchar por un reflejo en la pared.

Preguntas que vienen,
Las respuestas que nunca llegan,
Cuantos hombres caídos,
En medio de la batalla.

Y la indiferencia,
Aquella maldita plaga
Que vuela por el mundo
Que invade nuestras mentes